Fatigada del baile, encendido el color,breve el aliento, apoyada en mi brazo,del salón se detuvo en un extremo. Entre la leve gasa que levantaba el palpitante seno,una flor se mecíaen compasado y dulce movimiento. Como cuna de nácarque empuja al mar y que acaricia el céfirotal vez allí dormía al soplo de sus labios entreabiertos.Sigue leyendo «RIMA XVIII»